EL 18 DE JULIO Y LAS MUJERES

 Artículo publicado en «Fuerza Nueva, 19 de julio de 1.969

No sé si el tema es o no inédito. Pero lo que sí pue­do asegurar es que las mujeres españolas tuvieron una influencia decisiva en la jornada histórica del 18 de julio, en su gestación y en su resultado. Sin ellas, a pesar del arrojo y de la valentía de quienes se lanzaron al campo y a la calle para com­batir por una España más justa y mejor, la victoria no se hubiera alcanzado y el uno de abril no hubiera sido otra cosa que una fantasía de soñadores.

Las mujeres, durante la odiosa persecución del Frente popular, mantuvieron en las casas el culto y la devoción de las familias a los valores religiosos. Recuerdo a una maestra hablando a sus compañeros: “quitarán el crucifijo de las escuelas, pero no lo arrancarán de nuestras casas».

Las madres no vacilaron en alentar a sus hijos para que acudieran a alistarse como voluntarios en los banderines de enganche del Ejército o de las Milicias, y ahogaron su dolor, para no entristecer a sus amigas, cuando les llegaba el comuni­cado oficial de que algo muy suyo había caído con honor en el campo de batalla.

Las mujeres sufrieron con resignación y con alegría cristiana la amputación de sus esposos, de sus padres, de sus hijos, de sus hermanos, de sus prometidos, cuando las pandillas armadas y sin piedad los sacaron a empellones para asesinarlos entre rugidos y blasfemias.

Las mujeres fueron también y sin consideración alguna, apresadas, linchadas, violadas y fusiladas por grupos de harpías que disfrutaban arrastrándolas, apaleándolas, insultándolas, hasta verlas sin vida, como ocurrió con Sagrarito Muro, mi buena amiga de Toledo, fundadora de la Falange local, a la que mataron en el anónimo de la chusma, en unión de su madre y de su tía.

Las mujeres rezaron. Las mujeres se ofrecieron como enfermeras, como donantes de sangre, como camilleras, en los momentos difíciles de los asedios, como fusileras ocasionales an­te el peligro inminente, y en el Alcázar y en Santa María de la Cabeza supieron aguantar y sufrir hasta la muerte o hasta la liberación añorada.

Las mujeres se agruparon en los grupos de Margaritas, en «Frentes y Hospitales», en «Auxilio de Invierno», en la Sec­ción Femenina, en el Servicio Social, asimilando y propagando una doctrina política sin la que el Alzamiento no hubiera sido más que un episodio cuando tenían y debía convertirse en punto de arranque de un orden nuevo y de unos españoles confiados y seguros de su misión.

Tengo entre mis manos unas fotografías. Son las de un curso formativo de Regidoras femeninas provinciales de flechas azules. Las miro despacio. En ellas está mi mujer, entonces adolescente. Son de Málaga. Las hizo un tal Pérez Bermúdez, y están fechadas el 13 de octubre de 1.938. Al dorso hay unas cuan­tas firmas y también alguna dedicatoria. A estas alturas, ni mi mujer ni yo sabemos lo que ha sido de sus camaradas de curso. Pero ahí van los nombres, por si este semanario llega a algunas y quieren tomar contacto con nosotros. ¿Vivís? ¿Qué ha si­do de vosotras? ¿Seguís pensando lo mismo, después de tantas confusiones y de tantas desilusiones? ¿Continuáis bien alinea­das, como dice, empleando términos deportivos, uno de los nuestros, de Santander?

Los nombres, los apellidos, los lugares de proceden­cia, que están al dorso de la fotografía, respaldando las fac­ciones sonrientes, son éstos: Adela Ponferrada (Córdoba), Josefina Cosp (Barcelona), Isabel López Rementería (Guadalajara), Amparito Villaga (Palencia), María del Carmen López (El Ferrol). Elena Álvarez (Salamanca), Victoria del Río (Vigo), Margarita Baschuritz (Vitoria), Margarita Casanueva (Santander), Carmen Lázaro (Logroño), Mercedes Escudero (Teruel), Adolfina Gascón (León), Victorina Benavides (Granada), Isabel Camino (Las Palmas), Victoria Campos (Tenerife)…

Pero no sería todo esto más que pura nostalgia si no trajera a colación otra de las instituciones femeninas, sin contornos específicos, que surgieron como por generación espontánea durante los años de la contienda. Me refiero a las madrinas de Guerra, a las muchachas que, sin conocerlas muchas veces, escribían y daban coraje a los combatientes, endulzando sus horas inacabables de vigilia, de guardia al descampado, entre la niebla, el hielo, el calor, la miseria y el peligro. Sus fotografías se encontraron en las guerreras ya inútiles de los soldados, de los sargentos, de los alféreces y de los tenientes y hasta de los capitanes provisionales. En algunos casos se había ido tejiendo con la amistad y el intercambio de ideas, una historia de amor, truncada por la muerte o el desengaño, o hecho fruto en un noviazgo que terminó más tarde en matrimonio.

De esas madrinas, que fueron tan útiles en la lucha, necesitamos los hombres en la paz. Las precisamos a nuestro lado, en la tarea silenciosa y humilde de cada día, en la obra de cap­tación y proselitismo, caldeando corazones y acerando voluntades, en la obra difícil de levantar la voz, de dirigir la palabra, de entusiasmar a la gente; en el empeño arriesgado de asumir una tarea política, como la de Pilar Primo de Rivera y sus camaradas, como la de Carmen Cossío en Santander, aceptando la Delegación de Fuerza Nueva en su provincia, como la de Pilar Careaga, compañera del Consejo de Administración de nuestra editorial, al fren­te de la Alcaldía de Bilbao.

Sin las mujeres, el 18 de julio se habría frustrado. Sin vosotras, cuantos aspiramos a que no se pierda en el descon­cierto de esta hora ingrata lo que significó esa fecha, poco o nada conseguiríamos.

Pero estamos seguros de vuestra ayuda sin desmayos, de vuestra presencia sin histerismos, de vuestra integración completa y sin aspavientos, en nuestras filas; de esas filas que tantos hombres de palabra fácil y conducta ambigua, abandonaron con premura.

Por eso, porque las mujeres están a nuestro lado, el 18 de julio que salvó a España, no sólo no será pisado ni roto, como decíamos al iniciar Fuerza Nueva. Tampoco será escamoteado, ni olvidado, porque el corazón de las mujeres españolas sa­brá sacar su espíritu a la luz y encenderlo, si fuera preciso, arrancándolo de sus propias cenizas.

 

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